EXTRAÑOS

Acto primero.

Cuarenta individuos de raza negra

se aventuran en el mar.

Una mujer aprieta la mano de su marido,

le mira y dibuja en su rostro la muerte.

El tiempo cae como arena encerrada

en una cápsula.

Asisto a un espectáculo de caída libre

en el mar de la incertidumbre.
Acto segundo.

Un grito desde el fondo

desvela el silencio de los árboles

y sus hojas se retuercen

detrás de sus raíces

buscando asilo en otra garganta.

La furia de las olas se levanta

para llevarse el grito,

pero yo no me lancé a salvarlos,

sólo contemplaba su sombra en el fondo.

Un pájaro dibujaba candados en mi mano.

De repente, el silencio que susurra

la culpabilidad del mar.

El agua se torna negra,

como si un petrolífero

hubiera derramado su interior

y la blanca espuma

abraza la orilla de los muertos

en su cuerpo.
«Ya van doscientos treinta y cinco y todos se resumen a uno».

No siento dolor,

mi cuerpo es exterior,

contempla el espectáculo desde lo ajeno.

«Lo ajeno» la delgada línea que me diferencia de esa cifra.
Último acto.

Ahora la silueta de los siniestros

en el mar,

sus voces 

en otras gargantas.

NAUFRAGIO

En mi sueño imaginé que era barco

y navegaba inconsciente de mi naufragio.

Cuando la tormenta empezó nunca 

escondí mis velas,

¿acaso lo que podía sacarme de allí era lo que iba a hundirme?
Primero fueron los truenos,

pero éstos no me agujerearon como el granizo, sólo intentaban advertirme.

Luego empezó a encabronarse la mar,

y el oleaje partió los mástiles.

En proa una niña alarga su mano para tocar las olas

que manchan de sal su mano.

Ya no recuerda las palabras que tocó 

y su madre le regaña por estar en un barco que nunca le perteneció.

El oleaje me volteó en medio de la noche,

siempre le oculté mi nombre.
Por suerte, los golpes continuados

de la ventana impulsados por el viento

me despertaron.

Ese «¡PUM, PUM, PUM…!»

retumbaba en mi cabeza

con saña,

con vida propia.
Habría deseado que ese sueño fuera real,

ya que la verdadera tempestad empieza

(cada noche en mis poemas)

cuando tu figura,

lenta y silenciosa,

navega por el recuerdo de mi memoria.

GUSANOS DE SEDA

Mírala, allí está,

de pie, 

pasmada en el sucio barro,

absorta,

intentando oscilar

entre las miradas acusadoras

de los hombres que transitan

y le arrojan más barro.
Ella es menuda

y su cuerpo vigila las rozaduras

de las heridas que le hicieron.

Un estruendo, anunciando el final,

retiene sus más intrínsecos miedos.

Entonces resbala sobre el barro

y se hunde en su carne.
Me asusté cuando al dejar de hablar,

era ella quien rezumaba de mi garganta.
Ella renace cada noche detrás de mi eco

cuando gusanos de seda

tejen mis cuerdas vocales

y grito para romperlas

al morir para ser comida

por aves rapaces.

METAMORFOSIS

Danzan como delirios

en las copas mutiladas

de los árboles en invierno.

El viento toca una sonora sinfonía

abriendo las cortezas de los árboles

crea así su melodía.

Los frutos caen con crudeza

sobre la nieve que enfría

las raíces de sus madres.

Mi hijo recoge los frutos

y los trae a casa.

Algunos tienen oquedades

de las que se advierten 

gusanos como serpientes, y otros,

se pudren por el mismo viento

que abrió las heridas de sus árboles.

Las manos del viento pueden estrangular 

el fruto si no se emplean en la dirección 

correcta.

Puedo ver cómo lloran debajo de su 

semilla. Yo también lo hago.

Cierro los ojos y me veo en sus entrañas.

Siento que soy ese fruto

cuando escribo poesía.